«¡Había matado a mi propio hijo! Eso fue peor que arrancarme una pierna o un brazo»
Me animé a redactar este testimonio gracias a que encontré por fin el inicio de la paz y el perdón que tanto andaba buscando desde que, hace un año, opté por la decisión «más fácil», «más cómoda», la que «dañaría a menos personas», y la que al mismo tiempo terminó dañando a la persona que más amé hasta el momento: mi propio hijo.
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